Es posible que 1810, conocido como ?el año de los asedios?, haya sido el más anómalo de los cinco años que abarcó la Guerra de la Independencia española o, por utilizar una denominación más precisa, Guerra Peninsular. Desde el punto de vista militar, la invasión napoleónica del territorio español alcanzó su máxima extensión. Prácticamente toda España se hallaba ocupada o asediada, estando solamente libres Galicia, la ?Raya? fronteriza con Portugal, y algunas zonas montañosas de gran valor estratégico como Sierra Morena, además de Alicante, que nunca fue invadido. Portugal, por su parte, vivió también a finales de este mismo año sus momentos de mayor tensión con la batalla de Buçaco, posiblemente la más importante librada en territorio lusitano, y la llegada de Masséna ante las fortificaciones de Torres Vedras, de cuya inexpugnabilidad ni el propio Wellington estaba seguro.
Lejos de interpretar esta situación de forma derrotista, doscientos años después se impone la admiración por la tenacidad mostrada por los invadidos, que resurgían una y otra vez de sus cenizas para volver a plantar cara a un enemigo siempre superior.